La Sangre Mezclada

Que tema más amplio el de esta edición de radical-OH. Escribo este pensamiento, que no llega realmente a llamarse un texto, habiendo sido víctima de esas desagradables barreras que lamentablemente a veces suceden con la cercanía de los humanos. Con mi celular robado por unos parisinos mala onda a los que les deseo contagiarse de coronavirus a la brevedad, mi fe en la humanidad vuelve a irse a cero. De esos momentos en los que no puedes concebir una idea de paz y convivencia entre nuestros hermanos de especie; de esos momentos que ves estos esqueletos cubiertos de piel desnuda como un ser vil capaz de destruir al mundo con tal de estar aunque sea un poco por delante de los demás Homosapiens. Sin embargo, al día siguiente, los caminos de la vida se apiadaron de mí y pusieron en mis vías a pura chulada de gente.

Gente que ayuda, que sonríe, que no espera nada a cambio; gente que te hace recordar ese hermosísimo, aunque a veces poco común, lado de la comunidad humana.  La belleza de reírse con la risa de otras personas. Hablen nuestro idioma o no. Es una realidad que la gente puede ser objetiva al reconocer su reflejo en la cara de otra cultura.

La idea de la patria como la bandera que nos ata, las coordenadas de nacimiento que nos clasifican a una identidad, una comunidad, es en realidad una idea bastante absurda que está construida y manufacturada por la sociedad. La vida nos resulta más sencilla cuando está clasificada. De ahí el concepto de la apropiación cultural que tanta tensión genera. Identidad única e irrepetible que en realidad son barreras pintadas de otro color; muros que subrayan las diferencias. No vayas a intentar imitar o pertenecer, cada quien tiene que quedarse dentro de sus definidas paredes. El concepto demográfico que define a cada cultura y a cada uno de sus integrantes.

También hay obsesiones con el tema; fanatismos incluso. En México hay muchas subculturas que generan también tribus urbanas. La Ciudad de México y su historia de amor con la cultura otaku, y del otro lado del espejo, la cultura cholo/chicano en Japón, que parece sacada de Tijuana o Los Angeles. Los devotos fans del Real Madrid que le cantan a su madre patria con lágrimas de pasión en los ojos y festejan en la fuente de las Cibeles. Los seguidores del KPop, que se sumergen a aprender coreano para poder cantar mejor las canciones. Intercambio sociocultural que genera un mundo con nuevas ramificaciones. Esta obsesión de diferenciarnos de los demás, acentuar esos rasgos, sean físicos, culturales, espirituales, etc, que nos separan como seres humanos. Ese miedo a lo desconocido, a coexistir con seres alienígenas, por más similares que sean a nosotros.

Ideas fundadas en ideas que fueron fundadas en ideas hace un par de varios siglos. Diferencias. Inquietudes. Comunicación. Incompatibilidad. Y son estás mismas diferencias que enriquecen nuestro entorno.

En México, más de 110 grupos étnicos componen a sus habitantes. Los rasgos físicos, el idioma, en gran parte la religión y la expresión como cultura que ahora constituye la identidad mexicana es producto de ese mestizaje que llegó con la conquista. Y a su vez, nos podemos ir tan lejos como queramos; somos todos el resultado de una ascendencia ad infinitum.

Todos somos una mezcla de algo.

En mi caso, parte de mi mezcla proviene de un mestizaje originado a partir del exilio masivo de unos 25,000 republicanos españoles que huyeron a México en el periodo de 1939 y 1942 para salvar su pellejo huyendo del franquismo, poniendo mar de por medio separándolos con coraje de sus ideales, hogar y sus sueños rotos. Mi abuelo, Manel Pijoan de Beristain, llegó en 1939 en el primer barco cargado de refugiados de la Guerra Civil española, el Sinaia; y mi abuela, Nuria Aguadé Cortés en 1942 en el Mexique. Se casaron a los seis meses de volverse a encontrar y el resto es historia, al menos en cuanto a mi existencia se refiere en este específico caso. Ese intercambio sociocultural, ese mestizaje, generó en México del siglo XX un enriquecimiento cultural igual de masivo que la cantidad de refugiados que Lázaro Cárdenas albergó en esos años. Y no porque sean españoles los susodichos en cuestión, pues también resulta ser bastante racista el amplio tema de los refugiados a nivel global. Los hondureños siendo un ejemplo reciente. Hay mestizajes que interesan a las patrias, y otros que se evitan a toda costa, con sangre de por medio. Cual Porfirio Díaz invitando a los franceses y alemanes para mejor la raza. Resulta en una idea del purismo de la sangre, de la identidad. La mera idea de la identidad es algo ambivalente. Nadie es nunca nada, más allá de la copia de una copia del pasado.

Todos somos hijos de sus madres, nacidos de su cuerpo, ya sea aquí, allá o acullá. En realidad, todas estas identidades son (somos) producto de diversas expresiones demográficas a lo largo de nuestra historia.

Somos la sangre mezclada.

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