Vocación y oficio

Hace algunos días, trataba de pensar como abordaría el tema asignado para esta edición. Por cuestiones de trabajo me tocó viajar al estado de Michoacán. Allí tuve una experiencia que me ayudó a definir el tipo de vocación de la que hablaría: la vocación profesional.

Después de haber estado en Morelia, decidimos visitar Santa Clara del Cobre, pueblo mágico donde la principal actividad es, evidentemente, todo aquello relacionado con este mineral. Visitamos uno de los muchos talleres donde pude admirar una de las tradiciones artesanales más complejas e hipnotizantes. Las piezas de cobre martillado son un despliegue hermoso de fuerza, precisión y sincronía.  Allí conocí a Don Rubén, artesano con más de 40 años en el oficio. Conversando con él y preguntando el cómo y el dónde encontraba la inspiración para la creación de sus piezas, me contestó: “Es mi vocación, he trabajado en esto desde niño, lo aprendí de mi padre y mi padre de mi abuelo, lo traigo en la sangre. Así que solo dejo volar la imaginación y creo mis piezas”. Le pregunté: Y más que vocación, ¿no es un oficio aprendido?, No -respondió-, “siempre quise ser como mi padre y abuelo, artesano del cobre, es mi verdadera vocación y lo haré siempre.”

Me quedo con la idea de que no hay tanta diferencia entre estos dos conceptos: Vocación y Profesión.
La primera se trata de un llamado (que pudiera ser religioso), la segunda trata de una inclinación muy específica hacia un oficio o una carrera. Al final se trata del deseo de emprender con completa seguridad y ahínco, una ocupación, un estudio o una carrera profesional.

VOCACIÓN CREATIVA.
Por mucho tiempo, cuando adolescente, me preguntaba cuál era mi verdadera vocación. Entonces me apasionaban los programas de televisión con temas de naturaleza o vida salvaje. Nunca pasó por mi mente ser médico veterinario, pero sí investigador de fauna silvestre, particularmente de aves; alguna vez pensé que de grande quería ser ornitólogo, en serio. Esta admiración por esta especie me llevó a crear fichas de las aves que me interesaban, las que veía alrededor de mi casa o en el rancho de mi padre, las identificaba, las buscaba en libros o incluso las dibujaba de memoria.
Comencé a dibujar primero en lápiz o pluma, en los cuadernos de la escuela, en el recreo, en la casa, donde se pudiera y con lo que tuviera al alcance. Después aparecieron los lápices de colores y así fui progresando en mi habilidad para ilustrar y es precisamente en este punto cuando descubro que no eran necesariamente las aves lo que mantenían tan ocupado e interesado sino el ejercicio de dibujarlas, de interpretar lo que estaba observando, así descubro mi verdadera vocación, la expresión visual, se llama diseño gráfico.

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