Semillas Raras

Oficialmente hemos entrado al fin del año y la delicia que eso significa.

En lo personal, y a pesar de fantasear con esta temporada desde el primero de enero, siempre he pensado que el fin de año se delinea mejor en los alrededores del mes de agosto. A enero resulta quedarle grande el saco, pues el pobre mes no pidió jamás la enorme responsabilidad del título de primero del año ni la puede afrontar muy bien que digamos.

Y es que algo tiene de mágico ese cambio de estación, que cuando el verano acaba nos transportamos a la magia del enigma. Todo un año de trabajo da sus frutos, y agradecidos los traducimos a nuestro lenguaje, el vino. Al igual que la vid, estuvimos ahorrando energía para ese momento exacto, para darlo todo una vez más y al igual que la vid, a veces damos más fruta que otros años. Las horas bajo el sol se van haciendo más cortas y con los últimos brotes de energía brindamos, celebramos y damos gracias nuevamente a nuestra tierra, por hacerlo posible; a nuestra gente, por la comunidad y al oficio, por tenernos aquí otro año más. Cuando el calor anuncia su retirada, nos vemos cansados, igual que la vid. Nuestras pecas de verano y manos manchadas de vino se desvanecen al igual que sus hojas. Cerramos ciclos con los últimos racimos cosechados y nos envuelve ese sentimiento de malegría una vez más; ese sentimiento de terminar pero al mismo tiempo de no detenerse. La rutina toma nuevas sombras, el ritmo baja su velocidad y el ambiente se torna poco a poco más solemne; nos regresamos a la tierra, a plantar semillas que florezcan con los soles de la próxima primavera. Nos quedamos con un rico aroma en el viento y el sabor del trabajo que empieza a tomar forma. Días cada vez más grises y verdes cada vez menos saturados. Cambio de aires. Pensamos en podarnos de todo aquello que no es necesario ahora y abrimos los cajones para guardar esa energía explosiva que nos drenó hace un par de meses, para otro agosto más. Empieza otra época, de juntarnos, de compartir, y de pensar, sobre todo pensar. Pensamos en todo eso que deseábamos para este año que está por acabarse. Pensamos en eso que se materializó, y pensamos también en las semillas que requieren más esfuerzo para dar sus frutos a la siguiente vuelta al sol. Pensamos en lo que quedó perdido en el aire, flotando, esperando las condiciones que le permitan florecer. Pensamos en los logros por tanto tiempo peleados. Pensamos en desyerbarnos de todo aquello que perjudique nuestra tierra, pensamos en protegerlo. Pensamos en seguir aquí por muchos años más, pues ya vendrán nuevamente días de sol y con el tiempo esos meses de cosecha hacen claros sus frutos de nuevo.

Pensamos en el futuro incierto y ojalá que esté lleno de semillas raras.

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