Números

5,4,3,2,1… así se aprieta el botón para lanzar un cohete a la luna, prender la licuadora, arrancar las fiestas de Guadalupe-Reyes o de la Vendimia; salir al aire en la radio o la televisión y para dar el claquetazo al iniciar la grabación de una escena de cine.

Se usa el ¡una, dos, tres! Para echarte un clavado en el agua fría, iniciar una carrera, ir a esconderte cuando juegas a las escondidas y darte el primer beso jugando botella en sexto de primaria. Los números nos permiten medir casi todo, distancias, superficies, temperaturas y cantidades. Con ellos comparamos parámetros, registros, promedios, estadísticas, probabilidades y hasta nos jactamos de predecir el clima. A temprana edad sabemos cuántos hermanos, primos y amigos tenemos. Podemos contar los años, días, horas, segundos y microsegundos que tenemos de haber nacido, de haber empezado a caminar, de haber salido de la prepa y torturarnos al ver en retrospectiva la suma de lo que hemos vivido y que no volverá. Algunos calculan la edad de otros y cuántos logros o fracasos reflejan con sólo echar un vistazo; -si se trata de hombres- a la cantidad de arrugas en el rostro, de canas en el coco o de kilos en la panza. En el caso de las mujeres, contabilizarán las aplanadas, reducidas, estiradas, rellenadas y levantadas; que el miedo de añadir años a la cuenta, genera. Lo cierto es que la magia de los números es infinita, desde la numerología, hasta encontrar una dirección cuando estás perdido. Se dice que tenemos más de 3,000 pensamientos al día, si recordáramos todos y cada uno de estos pensamientos, acumularíamos al rededor de un millón en un año. Pero pensar tanto no nos ha hecho más inteligentes, ni mucho menos, sabios. Pensar y contabilizar mucho, nos da certeza, pero nos aleja de los sentidos para percibir el exquisito aroma a rosas cuando el corazón está empezando a salir en una destilación. ¡Qué más da cuántas burbujas hay en mi copa de espumoso, si con sentirlas explotar en la boca basta! No importa cuántos años voy a vivir si no los disfruto. Nadie nunca ha podido contar las olas del mar o las estrellas fugaces y no por eso no existieron. Es imposible saber cuántas levaduras nacieron y se reprodujeron para fermentar un tanque de Chardonnay -no he sabido de nadie las cuente- lo que importa es que hayan convertido el azúcar en alcohol, para entonces sí poner el número del porcentaje en la etiqueta.

Las cosas importantes no se pueden medir ni pesar, existen y son, no puedes cuantificar en números cuánto quieres a alguien o qué tan hermoso es el horizonte. Tampoco puedes juzgar a alguien por el número de veces que ha intentado algo, pues está aprendiendo; pero sí puedes reconocer cuando alguien ya más bien repite el mismo numerito muchas veces.

Mientras que el mundo humano quiere entender y controlar todo a través de números; la naturaleza comprende patrones, ciclos y estaciones. La humanidad está loca por los números pues en sus secuencias, patrones, fórmulas y algoritmos; ha fincado el desarrollo, la comunicación y la comodidad. Cierto es que la capacidad de abstracción, razón y comprobación de una teoría; es solo humana… desgraciadamente, -insisto- esto no nos ha hecho mejores entre nosotros y mucho menos a nuestro entorno. Quizá el llamado es dejar de cuantificar razas, castas y diferencias; y avocarnos a encontrar una fórmula donde todos podamos cohabitar, disfrutar, contribuir y disfrutar de la vida y sus regalos… dejar de cumplir objetivos, metas y años, y por fin empezar a vivir nuestros sueños. KS

Por Karola Saenger.

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