¡Aviéntate tu numerito!

Los números redondos son siempre falsos.

Samuel Johnson

 

Hay un teorema que expone de forma contundente la omnipresencia de las matemáticas y por ende de los números en el universo universal, el teorema de Pitágoras. Es este señor el gran culpable de que muchos tomáramos el camino de lo que en mi época se llamaba “el área cuatro”. Me explico: en el último año de prepa, para quienes hicimos nuestros estudios pre y universitarios el siglo pasado (gulp) teníamos que optar por alguna de las cuatro áreas que nos perfilaban hacia las carreras que deseábamos estudiar. Los salones del área Físico-matemáticas (cerebritos y nerds), Ciencias biológicas (matados), Ciencias sociales (grillos y goberladrones en potencia) y Artes y Humanidades (vagos).

Si algún masoquista ha leído mis colaboraciones anteriores podrá deducir, sin temor a equivocarse, que yo me fui derechito al área cuatro, pensando que con ello libraba todo lo que tuviera que ver con las matemáticas y sus instrumentos de tortura más sanguinarios: los números. Pero no señor, mis padres que, como todos los padres son (y somos) el consejero plenipotenciario de sus (nuestros) hijos levantaron el dedo flamígero y dejaron caer sobre mí la fatídica sentencia: “¡Todo mijito, todo en la vida son números y matemáticas, así es que vete preparando porque hasta los abogados tienen que saber de números!” Yo la verdad pensé que exageraban, como siempre que un padre o una madre quieren prevenir a sus hijos, y así la fui librando como buen abogado hasta que un día nos pasaron el IVA del 10 al 15 por ciento y entonces sí, todo se derrumbó dentro de mí. Caí en cuenta que no todo en la vida podía calcularse mentalmente.

Y ahí estaba otra vez el tal Pitágoras jodiéndonos la vida, que si te gusta la música, entonces tienes las escalas musicales, los acordes, los ritmos y el pulso musical, todo fatalmente regido por los números. Bueno, para que no hubiera duda, Don Pitágoras, como coludiéndose con mis jefes la soltó un día: toda la naturaleza consiste en un rollo llamado armonía que brota de los números”. Ya ni pa dónde hacerse.

¿Y la poesía Apá? Pues ahí te va la métrica mi rey (mal pensados tranquilos), porque los versos pueden ser, por ejemplo, decasílabos o endecasílabos, según tengan diez o doce sílabas. Ahora resulta que por más inspirado, enamorado o trastornado que estés, a la hora de escribir un poema ¡ándele, a contar el número de sílabas, porque de otro modo no hay rima que valga!

Finalmente sabemos que ni el vino se salva de los números ¿verdad? Ya sé que el ingeniero agrónomo va a decir que no es lo mismo plantar dos mil que tres mil plantitas por hectárea, o que el rendimiento debe ser de cuatro y no de diez toneladas en la misma área, o que con un tanque con capacidad para cinco mil litros le alcanza y le sobra para el proceso de fermentación alcohólica. Puros números y más números.

Sin embargo y pese a todo este bullying numérico, un día caí en la cuenta de que no todo lo que se cuenta son números y es que el verbo contar también sirve para los cuentos y la verdad yo prefiero que me cuenten o contar cuentos, siempre y cuando lo que me cuenten sea una mentira bien contada y no andar contando números.

Si es inevitable vivir con ellos, por lo menos podemos hacer como que no existen por un rato, con la lectura de un buen poema sin métrica ni rimas, acompañada siempre de una buena copa de vino.

El axioma de don Samuel que encabeza esta colaboración da el charolazo aunque, me apena decirlo, es incorrecto. Hay un número redondo que no es falso: el cero.

Por Luis Miguel Auza.

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