El Espacio Heredado

EspacioHeredado

El Valle de Guadalupe no es nuestro. No tenemos ningún derecho añadido ni condiciones preferentes. No somos los portadores de su historia. Nadie nos apuntó como los elegidos. Pero tenemos, juntos, un enorme deber.

Somos la segunda generación.

Muy sonada, poco escuchada, no tan bien organizada, pero muy bien entrenada. Somos hijos de productores de vino, viticultores, agricultores y campesinos. Aprendimos de lo mágico que fue vivir ese momento de crecimiento en el ese entonces bastante virgen Valle de Guadalupe. Crecimos entre lluvias de vino, caminando cuarenta minutos para ir por unas papitas a los abarrotes más cercanos de la carretera, durmiendo en sillones con estampado de vaca del Manzanilla viejo hasta las cinco de la mañana, tirándonos de montículos de tierra con pedazos de cartón como trineo y comiendo paletas Frutti Polo en las clásicas y en ese entonces memorables fiestas de la vendimia. Se respiraba un amor comunal de pertenecer a la mejor familia comunitaria que pudiera existir. Teníamos problemas, sí, pero de un calibre diferente.

Creo que nunca nos imaginamos que tendríamos que lidiar tan pronto con la responsabilidad de defender este cachito de tierra que con tanto amor hemos llamado nuestra casa: El Valle de Guadalupe. Nadie aquí habría podido imaginarse ni remotamente cercano el presente en el cual vivimos. No en esos tiempos.

Muy pronto nos encontramos con que la familia creció exponencialmente; dejamos de reconocernos entre el mar de caras nuevas y rápidamente se hicieron los equipos entre los buenos, los malos y los feos. Todavía me acuerdo cuando el primer Oxxo de San Antonio de las Minas era nuestro principal enemigo. Tan inocentes que no podíamos ver que el cielo se nos iba a venir encima.

 

Aunque los años nos separaron, el tiempo nos ha ido juntando y nos vamos volviendo cada vez más los hermanos que siempre hemos sido. En las buenas y malas, por el valle que nos vio crecer.

De repente entendimos que nuestra infancia llena de tierra y carreras entre viñedos iba mucho más lejos que las fiestas bacanales del verano y el robarnos botellas para compartir con los amigos sin que los adultos se dieran cuenta. Casi de golpe entendimos que crecimos bajo las alas de la gallina de los huevos de oro. Y eso lo aprendimos al verla desplumada a la mala.

Aprendimos que ese espacio heredado no es nuestro, nunca lo fue ni lo será; pero está amenazado para todos… y también por todos.

 

Juntos llegamos a este punto, así que juntémonos pues, a cuidar eso que sentimos muy dentro del corazón como nuestro. Recordemos el origen. Ese camino tan largo que vivieron nuestros padres para construir lo que hoy vivimos. Que los que quieran tacharnos de intolerantes al cambio sepan que nuestra voz suena al unísono, y se va haciendo más fuerte.

Porque aquí vamos a estar, hasta en las cenizas. No queremos ser testigos del fin de lo que vimos crecer desde la tierra. No vamos a dejar que el sueño de nuestros padres se pierda. No nos vamos a ningún lado.

P.D. Gracias a todos los que han prestado sus palabras, sus ideas y sus ganas a lo largo de estos años.

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