Para todos, todo…

Es irónico, la globalización ha desvanecido fronteras al mismo tiempo que la tecnología pintaba nuevas.

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La modernidad nos empuja a ser individualistas. En un presente donde la mayoría de las personas con las que interactúamos aparecen como un @gmail.com o un username; la comunidad se muda al plano virtual. Los problemas que antes se luchaban con sudor y sangre, hoy se dan en forma de un retweet y un like al post de “apoya esta causa”. Nos tornamos hacia el aislamiento y si el prójimo no existe no hay comunidad. Pero la realidad es que la comunidad puede ayudarte a ser mejor persona, o no.
Espacialmente, comunidad es un territorio compartido. Generalmente una comunidad se une bajo la necesidad o mejora de un objetivo en común. Entiéndase como el bien común. Aunque también se puede formar una comunidad bajo un simple interés. El Valle de Guadalupe junta las tres: compartimos un territorio entre muchas personas que tienen intereses distintos, pero tenemos al menos la tierra y el vino en común.
En un inicio el objetivo fue claro, pero la comunidad, como todo, se corrompe con el tiempo y la modernidad, pues así como quien olvida su historia está condenado a repetirla, quien nunca la supo ni le interesa saberla, está condenado a empeorarla.

Una región que se conoce es una región unida. Conoce sus fortalezas, sus debilidades, sus enemigos y su familia. No tenemos que ser amigos por siempre para tener una comunidad funcional, pero si es importante estar de acuerdo en una cosa: solos no se puede, es de todos y de todos depende. ¿Quién es el enemigo de la comunidad?

Generalmente señalamos con el brazo extendido al empresario como culpable absoluto. Los vemos atacando a Cabo Pulmo, acabando con el Amazonas, poniendo espectaculares que cubren atardeceres y privatizando playas. Los visualizamos vestidos de traje; el Big Brother que todo lo ve, todo lo controla y todo lo tiene.

En las letras de Ska-P y mis memorias de la secundaria, “tu enemigo es el patrón”.
Nos olvidamos que también hay patrones pequeños, viviendo al día y batallando por igual con enemigos mayores que ven al mundo como su bandeja de plata. O urinario, no sé. En este caso, el enemigo sí es el patrón, pero el patrón irresponsable que no toma en cuenta las necesidades e inquietudes de la comunidad a la cual pertenece. El patrón que acapara aunque los demás se queden sin nada. El patrón que se revuelca en el caos que le ocasiona a los demás. El patrón que ignora las problemáticas que preocupan a la mayoría de los habitantes de su comunidad. El patrón que escupe a la cara. El que construye fraccionamientos millonarios con lagos artificiales en una región que tanto se ha peleado por el uso de suelo agrícola y por cuidar la poca agua que queda para todos. Con los ojos en el cielo, es imposible ver la tierra, y en ella, los que la trabajan responsablemente. El relieve se marca y es fácil distinguir el problema cuando los ojos están bien abiertos.

Comunidad es identidad. Esto lo vemos en nuestras bebidas favoritas; con el mezcal, con el tequila y claro, con el vino. Cuando uno trabaja para construir una región estable y equilibrada, lo inocente es pensar en la utopía; el creer que al abrir caminos va a ser la comunidad quien los adorne con flores, cuando en realidad, los primeros en atravesarlos son los menos bienvenidos. Tendemos a olvidarnos de los tiburones. De los inversionistas que llegan con dinero sucio a invertir en proyectos irresponsables. De los corruptos que jalan para su lado de una forma tan abiertamente obvia, que nadie se atreve siquiera a señalarlos.
De los mentirosos, que aminorizan el trabajo de los honestos y se roban el crédito con el as de la carta del dinero. Y también, y no es un mal menor, nos olvidamos de los agachados; de los que ven y escuchan y no alzan la voz. Nos olvidamos que agachados, nos gobiernan y dejamos que formen parte de nuestras celebraciones, les abrimos la puerta a nuestras asociaciones, los dejamos creerse parte de la comunidad mientras se ríen en nuestra cara. No. Honor a quien honor se merece. Dejemos de buscar el hilo negro y cuidemos en su lugar a la gallina de los huevos de oro.

Al final de cuentas, el Valle de Guadalupe tiene muy buena fama de ser EL lugar a visitar si quieres comer, beber, vivir rico y básicamente quedar en manos de tus endorfinas. Y lo es. Es un paraíso terrenal al que muchos tenemos la fortuna de llamar hogar; pero en cada hogar hay algo podrido, y hay que prestarle atención antes de que apeste toda la casa. Mientras tanto, recordemos que la fuerza de la unión sigue muy viva y que siempre se va a pelear por lo que vale la pena luchar. La esperanza nunca muere y que viva lo nuestro que es para todos.

Por: Silvana Pijoan

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