Comunidad por Mónica Durán

… “comunidad” 

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Los “ayeres”, compuestos quizá por algunas lunas, algunas mareas, algunas condiciones “Niño”, o algunas “Niña”, o por marejadas y climas que favorecen ciertas vides y cierta pesca, ciertos árboles, ciertas flores…

Un primer encuentro con los bivalvos, lo fantástico de los mejillones, su textura y esa explosión de sabores que enloquecen paladares, los distintos tipos y colores y tamaños de almejas, descubrir el caracol, los ostiones ahumados, la leña de “manzanito” (así se conocía unas leñas para cocinar propio de la región), unos chorros sorpresivos que de pronto salían del mar frente a la costa, ballenas con sus ballenatos, focas, delfines, tortugas, pulpos, choros, pastos acuáticos, algas… el encuentro con las alcachofas creciendo a lo largo del cerro, las hierbas de olor, el anís, los dátiles y los higos, todo silvestre, hierbas y productos que danzan al son del ritmo de los vientos -a veces fríos propios del norte y con los sorpresivos y repentinos Santanas-, que brotan firmes, de color vivo y de sabor inigualable… encuentros casuales con correcaminos, águilas, conejos, culebras, albatros, la foca Pancho, el barco varado que fue restaurante, el cafecito del Maestre, las empacadoras, los globos, la pastelería francesa de, las codornices de cría, alguno que otro gato montés nos sorprendía en la carretera rumbo al valle, y la seducción de los diversos sabores de jaleas y mermeladas, los betabeles horneados, los huevos de gallina correteada, al alcance de toda la población los microscopios para cualquier interesado en conocer las actividades de acuacultura, cerámica, la plástica, bordado, pintura, el surf, los paseos ciclistas, compartir eventos, aulas, rodeados de perros, gatos, peces y cualquier otro ser que siempre fueron bienvenidos en nuestros hogares y eran parte de la gran familia, de nuestra comunidad; coincidir en la pasión por los ingredientes y la magia de la alquimia en la cocina al combinar, mezclar, inventar alimentos y sazones; los conciertos de piano, de guitarra y percusiones acentuaron nuestra comunidad, re significamos las propias tradiciones; hemos compartido y disfrutado desde vegetales cultivados hasta la primera muestra del cine en la cuidad, cada evento y cada suceso acompañado por ese respetable líquido fermentado que sacude sentidos e incita al gozo.

Los usos y costumbres nos vinculan y nos hacen familia en ésta gran comunidad que coincidimos, que se sembró a sí misma, que se unió aportando los nutrientes necesarios para su germinación, crecimiento y desarrollo; la propuesta del consumo local, de lo propio de la región, la actividad individual y la constancia y disciplina por vocación, en su fertilidad, enriquecieron nuestro diario vivir.

Comunidad, en una ciudad de hace treinta años, con calles con tierra, regadas y firmes, donde se transitaba sin semáforos, tiempos que sembraron civilidad, tiempos de respeto al derecho ajeno, todos al cuidado de todos, una ciudad segura, amable, dispuesta al servicio, platicadora, con habitantes generosos y divertidos, de acento amigable, de humilde sencillez, abiertos, empáticos, golpeados en esos tiempos, por un régimen federal que nos limitó de servicios públicos y nos unimos a barrer banquetas, recolección de basura, cuidando la imagen y la limpieza de nuestra ciudad; tránsitos empotrados en sus atrios al centro de donde bifurcan cuatro calles; compartiendo fiestas infantiles, veladas musicales, bautizos, bodas, adioses, lecturas, monólogos, poesía acompañaron las catas y su inducción, sensibilizando paladares, jugos de uva, desde lo dulce hasta lo más sobrio e imponente, pasando por una gama líquida de rojos y blancos con matices de terciopelos, de pimientas, de mantequilla, de chocolate, de frutos rojos, algunos ásperos, otros gentiles, unos novedosos, otros húmedos u olorosos, sabores de frutos rojos o amargos y los hay afrutados, y hasta picosos. 

Todo el contexto favoreció nuestro coincidir, un encuentro de hombres notables como diría Gurjieff; aprendiendo a conocer las distintas vides, sus nombres, sus sabores, identificando ese sabor saladito propio de la pacha mama que nos abrió sus brazos al llegar  para ir desarrollando una Comunidad basados en un Bien común y en un bien Social, fortaleciéndonos en base de nuestros cimientos a una generación que llegó buscando una calidad de vida, por principio, movidos sin duda por el amor, trabajadores, emprendedores, valientes y dispuestos.

Transitar hacia el trabajo, a las escuelas, al servicio, al ejercicio, a las actividades y celebraciones, a la par del mar, es decir al lado de un mar que habla, que comunica, de ese océano profundo, de azul frío, digno de recibir los majestuosos atardeceres violetas y rosados, naranjas y verdes y amarillos, con el efecto óptico del azul Aqua, del azul marino, del azul añil… azul, siempre azul, con esa libertad que la semiótica permite donde cada uno ponemos el acento de nuestra interpretación, y en el que finalmente el azul nos une y hace de nosotros unos matices que pintan y dan forma y vida a nuestra comunidad.

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Recuerdo aquella primera vez, llegar a un café también azul, donde se reunían cada martes un grupo de inquietos, alegres, divertidos, conocedores, expertos, viejos lobos de mar, caballeros, a planear el encuentro por la celebración de la cosecha de la uva. 

Ese grupo base, creador e impulsor, que pusieron al servicio, al centro de una mesa, la verdad de su corazón, su experiencia laboral, su pasión y formación, y así, mezclaron sus filosofías de vida, dando comienzo el movimiento, con sueños e ideas, resolviendo los “para qué” que les apuntaban el hacia dónde y diseñando las estrategias de los “cómo”, para después medir, evaluar y mejorar.

Y no hablo de aquella primera vez donde éramos un grupo de escasos 50/60 personas en los cuales solo hubo dos paelleros descubriendo la versatilidad de arroces, embellecidos por los productos de la región, marinados con productos del Pacífico y maridados por las escasas etiquetas de las contadas vinícolas del Valle de Guadalupe, que existían, aportando sus muestras, distribuidas en pequeñas mesas donde se ofrecía a los comensales -que se sumaron a la inquietud y a la propuesta, y asistían como pioneros el gozo y el placer al dilatar sus papilas gustativas para evocar momentos que quedarían plasmados en el recuerdo de cierta etiqueta o de cierto sabor y color- pequeñas catas que disfrutaban en cercanía a cada productor, con cada vinicultor y con cada vitivinicultor, que platicaba, enseñaba y mostraba cómo beber un vino, cómo diferenciarlo y en ocasiones calificarlo en esa pieza publicitaria que presentaba de cada vino, sus características y cualidades y la sugerencia para acompañarlo. 

Una fiesta abierta. Con músicos y bailarines, cocineros amateurs y novatos. niños y jóvenes y cualquier cantidad de adultos PARTICIPANDO en esa Gran Fiesta Comunitaria: las paletas, albergue, los pasteles de manzana, los ostiones de las cooperativas, la “flor de sal” de la salina, los distintos colores de las gónadas del exótico erizo dependiendo del tipo de alga con que son alimentados, las típicas carretas de cócteles de almejas, y espacios decorados por el maguey, las yucas y las siemprevivas, matizando el entorno las mostazas cada inicio de la primavera…

Hablo de ser testigo, y de ser parte, hablo  de ese modo de trabajo, de su humildad y sencillez, que al cruzar ese portón de ese restaurante azul ubicado en una esquina, se mimetizaban (por su común-unión) y transformaban, y alzaban su voz y evocaban su rezo, y entre discusiones y acuerdos y desacuerdos estaba Dionisio, que se hacía presente y bajaba del Olimpo a revolucionar y a gozar, ese el dios del teatro, de las fiestas, del vino y los excesos, (que representa las emociones, el caos y el desorden), propios de cualquier contexto que enseñó a los hombres notables, a cultivar la vid y a fabricar vino, muriendo en cada invierno para resucitar en primavera con los frutos de la tierra. 

Ese renacer se celebra con una Fiesta, que ofrece variados actos dando inicio al teatro. Así nuestra comunidad y así nuestro sentido. Celebrar con Fiesta el renacer de cada vid. Pero no solo era Dionisio quien se sentaba en la mesa, cerquita a él, siempre estaba presente el gran Apolo, el dios de la belleza: de la música, de las artes bellas y de ciertos atributos como la curación, y lo profético. Y así, se llegaban las 12 de día, siempre con un moderador que elegían al azar, poniendo fin a ese encuentro mágico y secreto sin saber que estaban cuajando una bella y digna identidad. Una Comunidad, que hoy llamo radical OH.

Cimarrones, venado bura, gato montés, coyotes y liebres, conejos y ardillas, las huilotas y palomas blancas, el halcón peregrino, el atún, la sardina y la totoaba, el marlín… ah! ensenadita de mi amor, también recuerdo aquel día en que se armó una gran movilización impulsada por nuestro sentido de comunidad para defender un patrimonio, impidiendo que la fuerza de las poleas de una grúa echara abajo un edificio que consideramos emblemático para nuestra identidad y lo salvamos!. Ahí se cuajó nuestra Comunidad, al menos de ésta que yo hablo, lo mismo que como comunidad, respondemos a las necesidades específicas o particulares que alguno de los que componemos ésta hermosa hermandad.

Toñito, Hansito, Eduardo, Magoni, Fer, Fernando, Huguito, Don Cetto, soñaban, proponían, discutían, acordaban y entonces planeaban estrategias y logísticas y actuaban; realizaban y lograban, y hoy aún hay reseñas e inventos en el tintero, propuestas en los labios, sueños que siguen haciendo latir nuestros corazones, donde seguimos sumando y sumando para poder plasmarlos en la vida, en El Valle, en nuestra casa, en Ensenada, en nuestro medio quizá para algunos obsoleto, y para nosotros el preciso, el indicado, volviendo a los básicos, al origen, a lo orgánico, porque sabemos que no hay vivencia sin experiencia y la experiencia conlleva involucrar nuestros sentidos, ese placer que solo los grandes amantes de las letras vivimos al tocar la suavidad de un alga, y al leer, sentir el calor de un sol vivo, radiante y caliente, el frío de una escarcha matutina en el valle, oler la brisa que brota de las olas despeinadas por el viento y que escuchar cómo azota la marea en el risco.

Comunidad, nuestro tema de ésta publicación que su raíz latina Communitas, hace referencia a la característica común que nos hace pertenecer. 

Pertenencia, lenguaje, costumbres, ubicación geográfica, visión del mundo, cultura, es lo que nos hace Uno.  Es algo así como la sumatoria de una ecuación llena de variables: históricas, geográficas, ambientales, filosóficas y muchas otras más, como el coincidir en cierto momento, vivir alguna situación climática, y ese volver a lo propio, rescatar el origen, al caló de la tierra, al honrar y respetar todas las virtudes de ésta generosa Ensenada, haciéndonos como en matemáticas un conjunto común, sólido comunitarios, a veces Clan, y en el que sin duda nos encontramos con una invasión desproporcionada y en ocasiones corrompida, que pasa por alto el cuidado de la región; una fortuita invasión de pseudo profesionales del vino, a la que me resisto, desvirtuando el proyecto comunitario, de origen, en el que algunos deciden, desde el “autocar” desarrollos y proyectos que violan, transgreden, lastiman y dañan la vocación, la virtud propia, el uso de suelo, quizá impactados por la “ceguera” no la de Saramago, que distingue a lo que quizá es también una comunidad usurpadora, ventajosa, donde finalmente la vid, el agua y el origen es golpeado, quizá como expresión de la violencia y la injusticia, globalizada y expresada en ese actuar soberbio e irresponsable del invasor que solo busca satisfacer lo propio, muy lejos del bien común, muy lejos de nuestra comunidad.

El tiempo, la tierra, los espacios y momentos compartidos, comulgar sueños, metas… y mucho más es lo que nos hace una comunidad Radical, ahora bajo OH, que plasma nuestro libre pensar, basados en datos, en hechos y vivencias propias; es algo así como pertenecer y compartir el mismo hábitat como elementos indispensables para el equilibrio de nuestra propia Comunidad: 

tierra + agua + clima + manos + sueños + esfuerzo + valores gusto +principios + empatía + respeto + conciencia + amor + creatividad = Comunidad!

OH-MD, Mo.

Por: Mónica Durán

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