El pasado está de moda

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En lugar de llevarme a las remembranzas, pensar en el pasado me lleva a este inquietante presente que intenta proyectarse al futuro inspirándose con cierta nostalgia de antaño. Para ciertos productos, lo fabricado a la medida, lo hecho a mano, se vende como un valor agregado aunque en ocasiones hay términos desgastados como aquello del agua embotellada “artesanal”. Lo de antes como garantía de lo auténtico, lo bien hecho, la pieza única.

Cuando pienso en el futuro, pienso en estos desarrollos urbanos que ciudades como Amsterdam y Boston ya están proyectando, un modelo que preve los espacios para que cada habitante produzca sus propios alimentos y realice sus actividades localmente. ¿Y no es eso volver al pasado? Una de mis abuelas vivía en un céntrico barrio de la ciudad de México y hasta hace 20 años tenía un gallinero y un pequeño huerto que daba limones, mandarinas, naranjas, chabacanos, ciruelas, higos y tejocotes. Había una chayotera y una nopalera, además de las hierbas para la cocina. Actualmente, ese predio alberga un edificio de 10 pisos sin balcones; ni dónde poner una maceta con perejil.

Hoy que lo ecológicamente correcto es llevar nuestras propias bolsas al supermercado, consumir más simple y evitar al máximo los empaques, ¿dónde quedaron las canastas, los cucuruchos de papel de estraza donde se empacaba la compra en la tienda de la esquina, las botellas de vidrio de la leche? Hay una serie de iniciativas legales para prohibir el uso de plástico en los comercios, pero debería bastar con ver las playas llenas de botellas y las bolsas revoloteando en las carreteras para optar por elegir productos que generen menos desperdicio. Al final es una elección personal que no cuesta más dinero… y es volver al pasado.

Tampoco se trata de pedir al tiempo que vuelva. Voces sabias y expertas y sobre todo el sentido común, advierten que el futuro es la regeneración: reponer y restaurar como condición para prosperar. La innovación es desde ahora clave para mejorar la eficiencia energética y de recursos, la productividad y ser además rentable. Un modelo más natural que podría resumirse en el lema del movimiento Slow Food: limpio, sano y justo.

Por Eva Muñoz Ledo*

 

* Periodista y fotógrafa, escribo sobre viajes, gastronomía, estilo de vida, tendencias y me interesa el desarrollo sostenible.

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