Nuestro pasado

Es tiempo perdido procurar evocarlo, todos los esfuerzos de nuestra inteligencia son inútiles.

Está oculto lejos de sus dominios y de su alcance, en algún objeto material

(en la sensación que puede darnos ese objeto material), que no sospechamos.

Depende del azar que encontremos ese objeto antes de morir, o que no lo encontremos. 

– Marcel Proust

 

La memoria es el confesionario del pasado, una colina descubierta y fría en la que ni todo se cuenta, ni todo se platica, en muchas ocasiones porque ni siquiera se recuerda. Olvidamos aquello que queremos olvidar y buscamos, afanosos, entre las grietas del obstinado olvido, como bien definió Borges a la dichosa memoria, lo que desearíamos revivir.

Cuando niño, solía yo jugar en la playa justo donde rompen las olas, intentando permanecer de pie ante el embate del agua. Las plantas de los pies ancladas justo sobre lo que podría ser el siempre inestable presente. La resaca arrastrando a cada momento el suave piso haciéndome perder el equilibrio, jalando la arena movediza del presente hacia atrás convirtiéndola de inmediato en pasado, en ese inmenso océano que es el pasado.

Pienso en el pasado siempre con una enorme nostalgia, apenas con tristeza, quizás con mayor tristeza cuando los recuerdos son más alegres, casi felices.

Los momentos felices son fugaces y se instalan en un segundo (o más rápido) en los recovecos de nuestra memoria. Ahí, agazapados, esperan el instante menos oportuno para saltarnos encima y bañarnos de melancolía en un abrir y cerrar de ojos. Como sucede con las lámparas de los genios atrapados, es necesario frotar un poco la memoria para que aparezcan.

Es extraño, pero visitar un museo o pararme frente a una pirámide milenaria provoca en mí sentimientos contradictorios. Los museos, esa especie de camposanto de joyas, adornos y utensilios de otros tiempos, me provocan el efecto de un ansiolítico, quizás debido a sus inevitables silencios, como de iglesia de pueblo, o a la luz mortecina y somnolienta que reina en sus espacios, sean pequeños o majestuosos. Las pirámides y, en general los castillos, los edificios antiguos y las construcciones que han subsistido (siempre subsisten) a quienes las construyeron con ilusión y orgullo en épocas pasadas, incitan en mí un desconsuelo que, casi siempre, he de confesarlo, termina en un llanto repentino y discreto, como el que practicamos los hombres en la oscuridad de un cine, atrapados en alguna de esas películas que mueven a la conmiseración, pese a que sea solo por un par de horas.

Esa clase de desdicha, por llamarla de alguna manera y sentida en carne propia, tiene una relación directa con aquellas personas que las construyeron o habitaron en el pasado. Por sentimientos de fe, por ilusión, por ambición, por encargo, por ingenio o debido a la combinación de todos estos impulsos humanos, o la de algunos de ellos, fueron erigidos por seres humanos, todos ellos muertos ahora y que en el pasado pensaban solo en su presente y en un futuro incierto e inasible. Quienes trabajaron en aquellas construcciones lo hicieron conscientes de que alguien, en el futuro, invocaría lo que para ellos estaba sucediendo en su presente, desde la perspectiva de lo que ahora ya solo es ausencia.

En el mundo del vino la memoria olfativa es un pasaporte al pasado, el milagro de no solo recordar aromas identificándolos con otros que aguardan el dichoso momento del tropiezo con la lámpara mágica de nuestros recursos odoríferos, sino el del probable e impactante encuentro con los acontecimientos de nuestra propia historia y nunca, eso sí, con lo que puede ser en un futuro algo que pronto será pasado.

Y no estamos locos, la Reina Blanca, en un inusitado ejercicio de humildad se lo confesó a Alicia en aquél país maravilloso: ¡Ay mija! por desgracia, es muy pobre la memoria, porque solo funciona hacia atrás.

Por: Luis Miguel Auza

Un comentario en “Nuestro pasado

  1. El vino es un exelente vehículo para transportarnos, al estilo de Proust, “en busca del tiempo perdido”. Recuerdo, precisamente en La Contra de Guadalajara, la primera ocasion que probé Equinoccio, una verdadera ambrosia, claro, a mi gusto. Las palabras de la catadora las recuerdo como una vocecilla, perdiendose en un agujero del tiempo. Dijo, cierren los ojos y diganme a dónde fueron. El sabor del vino era salobre, su cuerpo fue hermoso, para mis sentidos fue una plena definición de lo ignoto. De alguna manera inexplicable me trasladé al desierto y yo respondí, así debió de ser el vino de Canaán. La memoria y sus entresijos, son caminos andados y el vino es una manera, al estilo de Machado, de volver la vista atras…. “caminante no hay camino, se hace camino al andar y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”

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