Guadalupe Valle Inc.

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Llegué por primera vez a vivir al Valle de Guadalupe hace 8 años. Después de un ajetreado intento de estudiar en la Ciudad de México, descubrí, al cruzar el antiguo portón de madera que marca la entrada al Rancho El Mogor, un mundo nuevo. Un mundo de silencio. De luz. De trabajo físico, arduo que se reía de aquellas noches de insomnio en la ciudad. Un mundo sin pavimento, sin horas, sin tareas, sin tráfico…sin humanos. Enamorado instantáneamente, decidí quedarme un año. Descubrí la domesticación del entorno. La realidad que probablemente haya vivido la humanidad durante los últimos 10,000 años. La tierra dejó de ser razón para lavarme las manos y se volvió un aliado, capaz de producir los alimentos más deliciosos que haya jamás probado. Pronto descubrí otro portón. Uno de metal, de pintura roja quemada por el sol y desgastada por el uso. Cruzarlo parecía ser un acto de rebeldía. Alejarse un poco más del mundo humano. Me daba un poco de miedo; me hacían sentir muy humano: pequeño e insignificante. Al fin un día tuve que cruzar aquella puerta. Ensillé el caballo y partí en búsqueda de unas vacas pérdidas. De pronto estaba en un mundo sin humanos. Sin basura. Sin ruido. Me sentí como si hubiese nacido para estar ahí. Un mundo completamente estético, no había construcciones humanas, entonces no había lugar para lo feo. El mundo anterior, una vez que había vuelto, había perdido su magia. Ya era muy humano. Con sus suelos labrados, sus monocultivos y sus construcciones. Había entonces decidido lo que quería hacer, dónde quería pasar mi vida.

El año pasado decidí construir mi casa obviamente en aquel mundo pasando el portón metálico. No fue hasta entonces que caí en cuenta del grave error que había cometido. Mi casa entorpecía aquel paisaje. Sin querer, aquel mundo que me fascinaba, poco humano, lo había vuelto humano. Aquel portón que algún tiempo atrás separaba dos mundos ahora solo interrumpía el paso.

Así parece ser nuestra historia. Nos enamoramos del valle de Guadalupe, de sus viñedos, de su gente. Pero, así como yo y mi casa, las casas vinícolas y los ranchos hemos dado entrada a un turismo masivo. Permitimos la entrada de restaurantes a nuestras tierras. Al principio no parecía hacer daño, conforme pasó el tiempo, el aire del lugar cambió, y aquel primer mundo que descubrí, comienza a parecerse al mundo original del cual huía. Perdemos poco a poco el encanto que nos enamoró del lugar. Ahora tenemos que amarrar a los perros porque molestan a los clientes y comensales; recoger basura que tiran los visitantes por los caminos del rancho; sacrificar animales antes de tiempo porque el mercado lo demanda. Claro, nunca había habido tanto dinero, y el gran dilema del campo sustentable económicamente pareciera haberse resuelto, no por otra cosa algunos hacemos la cara al otro lado, pero ambiental y socialmente parece ser una bomba de tiempo.

Este atractivo económico trajo consigo los problemas de un libre mercado sin regulaciones. Se abrieron paso a cosas peores. Ahora se edifica con una arquitectura fuera de lugar, ajena al paisaje y a las regulaciones locales, edificaciones que podrían considerarse un insulto a los que planearon, construyeron y viven en este valle. Conciertos vulgares que interrumpen el modo de vida de los que vivimos en el valle. Ahora se ha decidido pavimentar calles para llegar a algunas vinícolas del Valle de Guadalupe, se están haciendo de la forma tradicional, sin pensar que es una zona rural, se pavimenta con materiales no permeables y sin considerar espacios para las bicicletas que usan muchos trabajadores como medio de transporte. Lo que es inconcebible es que los pueblos, que sería donde se necesita un pavimento como en las ciudades, no estén pavimentados. Es decir, con qué cara le decimos a los trabajadores, que viven en los pueblos, que trabajan en las vinícolas, que permiten que el valle de Guadalupe funcione, que no hay dinero para pavimentar sus pueblos, pero si para facilitar la visita a las vinícolas? Qué queremos hacer? Separar aún más la brecha entre las clases sociales? Seguir el ejemplo del resto del país que no ha servido de nada más que para generar un clasismo incómodo? ¿Ustedes creen que los pobladores culparán al gobierno? Para sus ojos los culpables serán ¡las vinícolas!

Algunas publicaciones nos comparan con Napa Valley, California. Curiosamente este tipo de desarrollo no está permitido en Napa Valley. Por razones de salud y de orden, ahí se cultivan vides y se hace vino, los trabajadores y los turistas duermen en pueblos organizados fuera de las zonas agrícolas. Al ritmo al que vamos pronto nos compararán con Mission Valley, California.

Por: Pablo Rojas

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Un comentario en “Guadalupe Valle Inc.

  1. La codicia puede alcanzar niveles in alcanzables el hermoso valle donde tanto me gustaba trabajar ya no existe ahora es casa de elitismo, maltrato y mal pago al trabajador del campo precios absurdos e inflados y sobretodo un sueño de un lugar sustentable, limpio que se se ha marchado

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