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Era 1980, primer día de clases. Facultad de Diseño de la Universidad Iberoamericana, Campus CDMX. 9:00 am. La maestra, una mujer bajita, cabello entrecano, flaca como calaca, la cara dura con una sonrisa un poco retorcida nos dice con acento claramente argentino: “Bienvenidos jóvenes a lo que sera la futura profesión de sus vidas y en la que espero que más que talento, porque entiendo que eso ya lo tienen sino no estuvieran en esta aula, tengan buena condición física, la van a necesitar porque trabajarán mucho, las desveladas serán cosa de todos los días”. Un año después entendí el mensaje detrás de la sonrisa, los dos primeros semestres y parte del tercero estaban dedicados a entrenarnos como dibujantes, por supuesto que también la parte de historia y fundamentos teóricos del diseño eran la parte medular del inicio de la carrera, pero básicamente fueron para aprender y dominar los instrumentos con los que trabajaríamos todos los proyectos presentes y futuros. Lo primero que debíamos tener era la mesa de operaciones, el restirador, esa mesa que con el tiempo se convertiría en nuestra casi-cama, mesa para desayunar, comer y cenar, confidente y una que otra vez, sobre todo los viernes por la noche, barra de cantina. En ella cortamos, pegamos, rayamos y mentamos madres muchas veces, también vio nacer buenas ideas y proyectos y fue testigo de nuestro aprendizaje. Al final quedó como si hubiera trabajado Jack El Destripador sobre ella.

Rapidógrafo, tiralíneas, compás, transportador, pistola de curvas, tipómetro, escuadras, goma para borrar, masking tape, magic tape, cutter, X Acto, goma arábiga, UHU, cartulina primavera, ilustración o cascarón de huevo, papel calca, de cebolla o mantequilla, cojín borrador, lápiz cyan, plantillas de círculo, cuadros, triángulo, rectángulos, rombos: lápices H, HB, 2H, 3H o 2B, 3B, 4B, Prismacolores, plumones de agua y aceite y por supuesto ese poderoso líquido negro que sin él no podríamos plasmar nuestras ideas, la tinta china. Esa era la marca de nuestra facultad, si tenías los dedos manchados, las uñas, punta de la lengua y labios negros, eras alumno de diseño. Todo este material era para cada tarea de las materias de Dibujo Técnico o Diseño, lo que aprendíamos en la parte técnica la aplicábamos en la parte creativa a la hora de componer ideas. La tarea debía presentarse de manera impecable, no se admitían errores. Cualquier indecisión o titubeo, exceso o falta de tinta al tirar una linea podía afectar su integridad y no pasar el estricto control de calidad. Casi cualquier cosa podía causar una tragedia, una escuadra sucia, un fijado de la cartulina en el restirador con el magic tape pegado con demasiado enjundia, la cartulina mal cortada o cualquier imperfección en el trabajo era rechazado y marcados los errores con plumón para tener que repetirlo y no hacer trampa, no se admitía de nuevo hasta que estuviera impecable. Teníamos que repetir la pieza desde cero para la siguiente clase. 3 láminas por clase, 3 clases por semana. No existía Control + Z.

 

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