La Única Constante

El tema de ésta edición tiene un peso especial en mí, por lo cuál es difícil no involucrarme en las líneas. Me cuesta trabajo saber que rumbo darle al texto, pues podría tomar muchas formas dependiendo de mi estado de ánimo, de hecho escribí ya varias versiones muy diferentes entre sí. El movimiento ha sido una parte fundamental a lo largo de mi crecimiento, tanto así que soy Licenciada en Danza; y no cualquier danza, me fui por el más clásico de los movimientos: el ballet. Desde niña su magia me absorbió por completo, con sus líneas infinitas, su búsqueda etérea, su fortaleza y su entrega. La danza clásica siempre me ha parecido lo más cercano a la búsqueda de la perfección que puede aspirar un ser humano y tengo por ella el más grande respeto. Por mucho tiempo la consideré como una especie de movimiento supremo, luego entendí que no existe tal cosa como la perfección.

A mediados de mi carrera, el movimiento que constituye el ballet retumbaba en mis oídos con un eco ensordecedor; mi estilo, mi energía y principalmente mi cuerpo no iban a la par con la tradicional danza clásica. Nació en mí la inquietud de identidad a partir de la cual se detonaron mis movimientos venideros. “¿Cómo es mi movimiento dejando a un lado mi formación?” Seguro antes de iniciarme en el camino de la danza también bailaba aunque mi forma de moverme fuera distinta; probablemente era menos pensada, más libre, tal vez hasta indecisa.

Empecé a buscarlo obsesivamente pero cuando estás acostumbrado a moverte de una misma forma toda tu vida, tu cuerpo no conoce otro panorama. Me propuse olvidarme del movimiento como un ser mágico todopoderoso y diseccionarlo a verlo con los elementos que lo componen; vulnerable y sin aliños. Mi tesis fue el equivalente a monitos de palitos y bolitas del movimiento. Para resumir, el camino no fue fácil; necesité romper absolutamente con mi formación para siquiera acercarme a encontrar mi movimiento. Menciono todo esto para aclarar que el tema del famoso movimiento ha retumbado con diferentes colores en mi vida y mi cabeza por mucho tiempo.

Cuando me dijeron que el tema de esta edición sería MOVIMIENTO, me llegó como una bomba, pues la danza y yo estamos peleadas desde hace casi un año y por ende, mi entendimiento de movimiento está en una especie de pausa. Me están obligando a moverme. Mi movimiento más grácil actualmente es la elíptica en el aburrido gimnasio, y eso me deja un vacío profundo e incómodo en las entrañas. Fragmentado y analizado como creía que lo tenía, una vez peleada con mi cómoda fuga de expresión de movimiento, parece ser hora de cuestionar una vez más su definición en mí. Y es que es de esas preguntas pesadas que llegan en conversaciones tediosamente intelectuales, como “¿qué es el arte?” blegh, bye, prefiero no entrar en ese debate sin fin. El movimiento actualmente es ese debate en mi cabeza. Puedo describirlo de muchas formas, con poesía, con realismo o con la RAE y nada parece darle en el clavo. Está en la danza, está en el vino, está en las hojas de los árboles y está en la tierra bajo mis pies. Incluso está en los días petrificados que prometí serían productivos y al contrario nada parece moverse más que la estática que salta de la televisión al pasarle la mano. No espera por nadie, es eso que te obliga a seguir, quieras o no. Demuestra vida, aunque también muerte. Frecuentemente tiene afinidad por el caos, cada paso que damos es un caos evitado; si decidiéramos parar a medio paso, pum, piso. No le gusta ser definido en realidad, pueden hacerle poemas y corregirle su ortografía, pero se mantiene un enigma, como un unicornio. Hay que tomarlo sin presión, de forma que incluso detenido, haya movimiento. No tiene reglas, le gusta el cambio. Se siente entre los dedos al moverlos por el aire, y si pones atención, puedes sentir el movimiento que va quedándose atrás, como una huella infinita invisible, siempre dibujándose. Toma años encontrarlo, y siempre ha estado ahí. Es aire y es agua, y también es lava bajo la piel. Quema absolutamente todo cuando arde, flota como el polvo cuando descansa. Es motivo de furia y de amor, también de mucho desamor. Rompe corazones y termina sueños. Te encuentra aunque te rehúses a voltearlo a ver, te obliga a seguir. Esa es su única constante: seguir. Sin reglas, parámetros, técnicas o rumbo fijo, que su danza llegue como tenga que llegar, pero seguir moviéndose es la única condición, aunque sea tan solo con el palpitar del corazón.

Por Silvana Pijoan

 

 

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