Contra la Inercia

Fue entonces cuando vi el Péndulo:

La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro,

describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.

 Umberto Eco (El Péndulo de Foucault)

Andamos montados en una pirinola flotante que nunca se detiene. Una esfera suspendida en la nada interminable y que gira sobre su propio eje a medio kilómetro por segundo. Igual que lo hace alrededor del sol, aunque en ese caso un poco más rápido, a 30 kilómetros por segundo y por si la velocidad fuera insuficiente, también se desplaza con todo el sistema solar dando la vuelta alrededor del núcleo de nuestra pequeña galaxia tomando vuelo, a 250 kilómetros por segundo más o menos.

Viajamos sobre esta enorme piedra preciosa a tal velocidad que ni siquiera lo sentimos. Movernos, entonces, será lo nuestro, querámoslo o no. Aristóteles lo supo desde el principio, hace mucho tiempo, cuando sentó las bases de lo que luego se llamó Física Clásica, años de años antes de que Galileo y Newton confirmaran y enriquecieran sus teorías acerca del movimiento y de que aquella pariera a su hija más notable, la Física Cuántica. Movimientos rectilíneos, circulares, ondulatorios, parabólicos y pendulares gobiernan los fenómenos visibles y los invisibles, los que comprendemos y los que mejor dejamos en manos de algún dios que quiera cargar con las explicaciones.

Y son esos movimientos los que hacen posible la vida en este planeta. Noches y días, claridad y oscuridad, frío y calor. Siempre esa dicotomía que gobierna nuestras vidas. Si nada permanece y todo se transforma, como alguna vez dijo un inspirado Heráclito, es porque todo está en constante movimiento. Gracias a esa movilidad es que existimos los seres vivos. Sin ella el hidrógeno sería un ermitaño químico en el vasto Universo, ajeno a los empujones siderales que le permitieron esa especie de cópula cósmica con el oxígeno, dando lugar al nacimiento del agua, la llave maestra de la vida.

Sin movimiento, ni vida ni vid. Los diferentes climas en las estaciones del año, los cambios de temperatura durante los días y las noches, las épocas de lluvia y de sequía, todo contribuye al fortalecimiento de la planta y la obtención de uvas sanas y vigorosas, indispensables para elaborar vinos de calidad. Lo que se mueve alrededor de la vid para que la vid sea lo que es.

Y después, el movimiento inducido por el ingenio humano, el que continúa a partir de la cosecha, cuando las uvas empiezan el viaje que las llevará a convertirse en vino. Movimientos en el traslado, en el despalillado y en la prensa, según sea el caso. Remontados y trasvases en los tintos y eventualmente un viaje más a las barricas, desde donde el vino habrá de ser embotellado una vez terminado su periodo de crianza, para moverse de nuevo y encontrarse con quien tendrá la oportunidad de disfrutarlo.

El péndulo de Foucault fue concebido para evidenciar el movimiento de rotación de la Tierra, su movimiento, silencioso, simétrico y cadencioso, es prueba irrefutable del constante flujo que rige nuestro destino. En el vacío nada lo detendría, porque refleja el pulso universal.

La posibilidad de una representación incesante de este fenómeno, poderoso e indestructible al que llamamos movimiento, reside en uno de los principio de la Ley del Péndulo, que permite la existencia de un dispositivo magnético que comunique un estímulo para garantizar la constancia de movimiento, a pesar de la resistencia del aire o de la posible fricción con su punto de sostén y, de esta manera, poder oscilar indefinidamente. En el caso de la naturaleza humana, ese dispositivo se llama voluntad, factor indispensable para afrontar cualquier adversidad, logrando con ella que el movimiento nunca se interrumpa. No es casualidad que las pequeñas y las grandes hazañas, personales o colectivas, sean bautizadas con el nombre de movimiento.

Por Luis Miguel Auza

 

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